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LA ENTERRADORA DE EZEQUIEL ZANARDI

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LA ENTERRADORA DE EZEQUIEL ZANARDI

Mensaje por Alex Russo el Mar Ago 31, 2010 1:28 pm

Fue en agosto del ’97, cuando nos casamos y decidimos que nos teníamos que mudar de la casa de mis padres. Todavía Mariana, mi esposa, estaba embarazada de Camila, así que un lunes me tomé el día en el trabajo y salimos a ver casas.

Era difícil elegir, ya que las casas grandes eran caras y las que podíamos comprar eran demasiado pequeñas. Pasamos por varios barrios, hasta que llegamos a Belgrano, allí había una casa que estaba a la venta, y que era medianamente accesible, teniendo en cuenta que era una casa estilo colonial, pero estaba muy bien cuidada a pesar de eso.

La mujer de la inmobiliaria entonces comenzó:-Esta es una casa que data del siglo XIX, por lo que pueden ver esta impecable, es amplia, acá esta la cocina y mas allá hay dos habitaciones y, junto a las habitaciones el baño.-

Nos mostró la casa que nos había convencido mucho, tenía un parque trasero que era realmente inmenso y en medio un ombú ya viejo. Si bien tendría que pedirle a mis padres dinero para terminar de pagarla, valía la pena aprovechar la oportunidad. Decidimos entonces comprarla; pese a que era demasiado grande para los tres, lo vimos con ojos de oportunistas. Pero no era solo la casa lo bueno, al parecer, había buenos vecinos. Al lado teníamos una pareja cuya mujer estaba embarazada de trillizos, por lo que se pasaba horas hablando con mi esposa del parto, y de todo el tema. Estaba después del otro lado, un hombre joven, pero que a pesar de que la juventud de hoy es muy escandalosa, jamás dio problemas a nadie.

En frente, vivía una mujer que se llamaba Evangelina, “La Curandera” como le decía la gente; al parecer esta mujer había curado a mucha gente cuando joven y hasta había salvado de la muerte a un niño. Era alguien que conocía muy bien lo que comúnmente se llama “Magia Blanca”. Pero sufrió mucho durante su vida, sus dos únicos hijos y su marido habían muerto en un incendio hacía mas de 15 años. Era una anciana senil, que estaba la mayor parte del día sentada en la puerta, hablando incoherencias apoyada sobre su bastón pero que por momentos tenía ratos de lucidez. El hecho fue que, todos, quizás como una costumbre en el barrio calculo, nos dieron la bienvenida al barrio era, sinceramente, gente muy amable. Los primeros días se nos fueron acomodando las cosas, instalando la habitación de la beba, que estaba pronta a nacer. Al la semana de habernos mudado, Alejandra, la mujer de al lado, había tenido familia.

La vida era tranquila en nuestra cuadra, la gente era muy solidaria y si alguien necesitaba todos corrían por él. U mes de después del parto, un miércoles a la noche, recuerdo que eran las 2:16 exactamente de la mañana y me había despertado por los llantos de un bebe, mas bien varios bebes a la vez, llorando a gritos y alaridos. Desperté a Mariana y le dije:-¿Escuchas? ¿Escuchas como lloran esos bebes? parecía que los niños estaban siendo torturados por como lloraban, y entre sueños respondió -Deben ser los hijos de la chica de al lado.- Efectivamente así era, ya que hablando después con Mariana ella confesó que los niños no dormían bien. A altas horas de la noche siguiente los mismos llantos espantosos volvieron a despertarme; que a veces hasta parecían provenir de la misma casa. Como era viernes, aproveché que al día siguiente no trabajaba y en el desvelo salí al parque trasero. Allí me senté, recuerdo que hacía bastante calor, cosa que no soporto, comencé a caminar despacio, porque el jardín era tan grande como oscuro.

Cuando llegué al ombú sentí un escalofrío digno de un día de temperaturas bajo cero, me detuve un segundo frente al árbol y me pregunté porque, pero no fue nada alarmante para mí así que, seguí mi marcha esta vez hacia un banco que había ni bien salía uno de la casa.

Entonces me senté tiré la cabeza para atrás y di un suspiro, volví nuevamente la cabeza hacia delante, me lleve las manos a la cara; el calor se estaba empezando a volver agobiante, cuando levanté la cabeza miré hacia el ombú y vi a una mujer, alta, vestida de negro, o al menos eso parecía, no se si me estaba mirando o no, ya que no había casi luz en ese parque pero si recuerdo que estuvo allí unos segundos, inmóvil; cerré los ojos con fuerza, y al abrirlos, la mujer había desaparecido e instantáneamente los bebes dejaron de llorar, casualidad quizás. No se si aquella mujer fue producto del calor, del stress o del agotamiento que venía acumulando, el tema es que volví por 3 noches mas a ver si aparecía aquella mujer pero nada sucedió, lo que me confirmó que lo de la noche del viernes, sólo había sido una mala pasada de la mente. Unas semanas después, nació por fin Camila, y a los 3 días Mariana volvió a casa.

Transcurridas varias noches, Mariana se despertó muy sobresaltada, transpirando y pálida, casi no podía hablar, le pregunté que le pasaba y me dijo que nada así que me di media vuelta y seguí durmiendo. A la mañana siguiente la noté preocupada, inquieta así que nuevamente le pregunté si le pasaba algo, ella se sentó: -Anoche tuve un sueño la verdad horrible, soñé que entraba al cuarto una mujer y se la llevaba a Camila. La mujer la tomó en brazos y cuando estaba saliendo de la habitación, desperté. Inmediatamente después recordé a la mujer que yo había visto aquella noche y le pregunté:

-¿Cómo era la mujer?.-

-.Alta, vestida de negro, con guantes largos, negros también, no pude verle el rostro, pero fue horrible.- comentó angustiada. Obviamente me pareció mas que raro tal coincidencia, pero sabía que no tenía nada que ver, nunca creí en historias de fantasmas.

Por lo pronto Camila estaba muy inquieta, no dormía bien y comía muy poco. Mi esposa la llevó al médico pero éste dijo que todo estaba bien, que solamente era cuestión de tiempo para que se regularice todo. Las siguientes tres noches pasaron en paz, Camila había empezado a mejorar un poco, sólo habían pasado tres días. A la cuarta noche recuerdo que comencé a escuchar los llantos de los bebes, mire el reloj y eran las doce en punto; no se porque, pero la hora me quedó grabada. Comenzaron los llantos y casi al unísono Camila empezó a llorar también, y estaba realmente desconsolada, lloraba y lloraba y no podíamos encontrar la razón. El hecho es que, al cabo de una hora Camila se tranquilizó y, aunque los niños seguían llorando, Mariana se durmió, yo no pude. Nada pasó en unos treinta minutos, hasta que nuevamente se despertó mi esposa pálida y sudando como en el sueño anterior. Efectivamente había tenido el mismo sueño que esa noche pero sólo que esta vez la mujer salió del cuarto con Camila y cuando Mariana salió a correrla, despertó.

Por la tarde llamó su madre, para avisarle que su padre había tenido un accidente; al parecer había resbalado en la bañera y estaba muy grave. Mariana tuvo que dejar a nuestra hija con Alejandra y salió corriendo para allí. Camino al hospital, no pudieron pasar mas cosas, un choque múltiple en Libertador hizo desviar al remisero unas cuantas cuadras por lo que se tardó casi quince minutos mas en llegar, cuando llegó encontró a su madre en la oficina de informes, llorando y le dijo: -¿Como esta papá?-.

-¿En que habitación esta?-

-¡¡Hablá mamá, decíme algo, ¿que pasa?!! Le gritó con desesperación. La madre se quedó inmóvil unos segundos:-Tu padre murió hace diez minutos- replicó con los ojos llorosos.

Después del funeral mi esposa comenzó a pasar mas tiempo con su madre y le comentó el tema de los sueños que tenía, ella le confesó que también había tenido esos sueños cuando nació Mariana y que eran perfectamente normales para las madres que recién acaban de dar a luz, así que nos despreocupamos del asunto. Pasados cuatro días del funeral Mariana iba para la casa de su madre, al cruzar, pasó por al lado de la anciana que estaba, como siempre, sentada en la puerta de su casa sosteniendo su bastón con ambas manos, y con la vista perdida, fija hacia delante, decía con ritmo pauseado: -Yo siempre viví acá, este es un barrio bueno, la gente te ayuda siempre-, Mariana pasó por su lado y la miró casi como sintiendo pena, cuando llegó a la esquina metió la mano en el bolsillo y notó que se había olvidado la caja de Valium que tenía que llevarle a su madre así que, volvió a buscarlo. Cuando salió nuevamente hizo el mismo recorrido y otra vez pasó por al lado de la anciana y justo cuando la estaba pasando dijo:-No se preocupe m’hijita, él la cuidará mejor desde donde está, así debía ser, sí, sí, así debía ser.- Inmediatamente Mariana abrió los ojos a mas no poder, se dio media vuelta y la mujer la estaba viendo fijo:-¿Como dice?, ¿que es lo que dijo? - la anciana volvió la vista hacia delante, cambió la expresión del rostro y siguió:-Yo siempre viví acá, este es un barrio bueno, la gente te ayuda siempre.- Mi esposa que no es nada escéptica para estas cosas, se asustó un poco, no entendía como podía haber pasado aquello. Cuando llegó me lo comentó y le dije que no tenía nada que ver, esa mujer no estaba en su sano juicio y lo que dijo no quería decir nada, pero no se porque ella pensó que lo dijo por el fallecimiento de su padre. Claro que no le preocupaba que la anciana lo supiera porque era bastante lógico que viviendo enfrente se enterara de tal tragedia, el tema era lo que le dijo, ¿porque se lo había dicho? –Tendrías que haber visto como le cambió el rostro cuando me lo dijo, cambió la expresión.- me decía. La cosa quedó ahí, no sabíamos si era sólo otra incoherencia mas de la pobre, que era lo mas seguro. Mariana no quedó convencida, quizá por el hecho de pensar que la mujer podía comunicarla con él. La cosa es que al día siguiente ella salió y se cruzó de nuevo, esta vez exclusivamente para hablar con la mujer:-¿Que tal, se acuerda de mí?, ¿Se acuerda lo que me dijo?- la anciana seguía diciendo cosas sin sentido, una tras otra como si mi mujer no estuviese allí:-Quiero un caramelo de miel, siempre me gustaron los caramelos de miel, denme uno por favor.- Mariana obvió las palabras de la mujer y siguió: ¿Usted porque lo dijo, hay algo que yo tenga que saber, mi padre murió hace dos semanas, sabía?- la anciana jamás contestó sino que seguía pidiendo caramelos de miel, como le era costumbre. Mi esposa la dejó y volvió a casa llorando. Esa misma noche nos acostamos temprano, y como era costumbre Mariana volvió a soñar, pero esta vez no era la mujer de negro, sino que ella estaba en el parque de atrás, miro hacia atrás y volvió la mirada hacia delante, cuando lo hizo estaba su padre casi junto a la pared que daba a la casa de Alejandra, quieto, casi petrificado hasta que, levantó el brazo izquierdo y le señaló el viejo ombú. El sueño era muy misterioso, ella estaba convencida que era un aviso, una señal, ¿de que? No sabíamos.

Trate de calmarla, y de decirle que no había explicación lógica para pensar que aquello era una señal. Los días pasaron y la psicosis llegó a que me dijera que quería hablarlo con su tía, que era parapsicóloga. Me negué rotundamente, las cosas estaban yendo demasiado lejos ya, dormía poco y se la pasaba diciendo que su padre quería decirle algo. Cuando pensé que los sueños de la mujer alta se habían esfumado, nuevamente, la noche siguiente soñó con ella. Esta vez la mujer bajó hasta la mitad de las escaleras. No entiendo para que me contaba esos detalles irrelevantes, que tenía que ver si la mujer salió, bajó o se quedó arriba, si todo era producto de su imaginación. El tema es que con ese ya eran tres las veces que soñaba con esa mujer, la cosa se estaba poniendo preocupante. Decidí que lo mejor era que viera a un psicólogo, la muerte del padre la había puesto muy histérica. Cuando se lo dije se puso peor, como si la estuviese tratando de loca así que para no ponerla peor, opté por olvidar lo de la terapia. Al otro día, salió a hacer unas compras, cuando volvía pasó por la casa donde estaba la anciana sentada y seguía, por supuesto, diciendo cosas sin sentido, cuando estaba exactamente a su lado la anciana la tomó del brazo con fuerza, abrió los ojos de par en par y entre dientes y con voz ronca y grave le dijo:-Ella nunca los quiso Mariana, nunca los quiso.- Por supuesto esto fue más que demasiado para mi esposa que sin mas, cayó desmayada en ese preciso momento. La gente no supo que hacer así que llamaron una ambulancia. Cuando llegué a casa me encontré con lo que había pasado, y salí al hospital. Obviamente no había sido mas que un desmayo, pero estaba muy débil cuando la vi. Me dijo que la mujer de enfrente la había tomado del brazo y me repitió sus palabras. Juró y juró que no era la anciana, que era la voz de su padre. Yo ya no sabía que hacer, no podía manejarlo, la histeria me estaba atacando a mí también. Como podía ser tan crédula, entiendo que la muerte de su padre la afectara, pero esto ya era demasiado. Esa noche, algo que pasó me movió el piso a mí, y tuve que aceptar que algo raro estaba pasando. Mariana se acostó rendida y se durmió enseguida, raro en ella últimamente, pero siempre que se acostaba y se dormía enseguida, soñaba con la mujer aquella. Y efectivamente así fue, sólo que esta vez, mi esposa la corrió hasta alcanzarla con Camila en brazos y cuando la alcanzó, sólo atinó a tomarla del brazo y la mujer dejó caer un anillo que llevaba puesto, al final de las escaleras.

Cuando nos levantamos, ella salió primero de la habitación, le dije que se fijara la ropa afuera que se estaba secando y no contestó, volví a repetirle y no tuve respuesta hasta que salí y al bajar las escaleras estaba allí petrificada, dura, le pregunté que le pasaba y no me contestaba cuando la alcancé vi, en el piso, un anillo –Es el anillo que llevaba la mujer de negro.- dijo. Yo no podía creer lo que estaba viendo, es que de hecho el anillo no era de ninguno de los dos y no había forma de que haya llegado allí por sí solo. Era una alianza, con un grabado muy sofisticado, gruesa, parecía valer una fortuna. En seguida tomé el anillo y le dije que mañana iríamos a visitar a su tía a ver si sacábamos algo en limpio. Recuerdo que ese día Alejandra había viajado a San Luis a visitar a unos parientes y nos había pedido si de cuando en cuando podíamos ir a ver que todo este bien en la casa, por supuesto, aceptamos. Llegó la noche y habíamos acordado que yo me quedaría de guardia y si Mariana volvía a soñar otra vez con la mujer, la despertaría de inmediato. Cuando se durmió yo seguía pensando, como lo hice durante todo el día en ese anillo, parecía tener algo extraño, casi macabro, seguramente era pura sugestión mía, pero el hecho era que así me parecía y el no saber a que nos estábamos enfrentando, si es que a algo nos enfrentábamos, me aterraba. Esa misma noche recuerdo que mientras las horas pasaban y yo luchaba para no quedarme dormido comencé a escuchar nuevamente a los bebes llorando, claro que se me puso la piel de gallina, más cuando me volví hacia el reloj y vi las doce en punto. Si Alejandra se había ido no había forma de que se escucharan esos llantos, salvo que, no provinieran de su casa. Bajé, agarré la llave de su casa y fui a ver, no podía ser posible. Entre, revisé cuarto por cuarto, la cocina e incluso el baño, pero no había nadie.

Recordé de un flash, la razón por la cual estaba despierto a esa hora, y corrí a casa. Llegué, abrí la puerta con violencia casi, y corrí arriba, cuando abrí la puerta del dormitorio ella estaba aún dormida. A eso de las dos, cuando menos lo imaginé comenzó a soñar se movía de un lado al otro, pataleaba, la zamarree con fuerza pero nada pasaba, parecía estar en trance. Nuevamente la zamarree pero esta vez le grité, nada. Finalmente después de unos segundos se despertó sola, junto con Camila.

Lo que no me cerraba, quizás era casualidad, que cuando se despertaba Mariana, casi en conjunto se despertaba Camila, ¿Por qué?, No lo se pero ya menos margen le dejaba a la idea de que las cosas que pasaban sean casualidades. A la mañana, por supuesto fuimos a primera hora a ver a Ana, la tía de mi mujer obviamente con el anillo. Salimos a las ocho de la mañana sabiendo que con suerte, llegaríamos a las nueve y media, vivía en José C. Paz. Primero fue el colectivo, no sólo tardo años en venir, sino que cuando subimos, a los veinte minutos pinchó y tuvimos que bajarnos a esperar el de atrás. Llegó el colectivo después de media hora. Cuando llegamos a la estación de tren el hombre de la boletería nos dijo que teníamos que esperar que había un problema con la locomotora y que era cuestión de minutos y el tren saldría. El tren se demoró cuarenta y cinco minutos, por reloj controlados. Subimos al tren y en mitad de el trayecto, casi en la estación del Palomar, el se cruzó un auto en medio de las vías, el maquinista frenó a mas no poder y el tren se descarriló. Atiné a abrazarlas fuerte a las dos, y esperar que nada pasara. Bueno nada pasó, por milagro o no se qué estaban bien las dos, yo terminé golpeándome fuerte la cabeza con la puerta que daba al vagón siguiente, tanto que hasta sangraba, no mucho, pero sangraba. Mariana estaba en el mismo asiento en el que se había sentado cuando salimos de retiro, pero sin rasguños, no le había pasado nada, ni siquiera había caído al pasillo. Salimos como pudimos del tren y cuando nos bajamos, desde adentro, esta vez ambos lo vimos, el padre de Mariana estaba allí, en el asiento que yo estaba, al lado de Mariana, nos saludó y desapareció.

Después de la locura, fuimos a una remisería. Finalmente llegamos, a las once menos diez, a la casa de Ana. Nos hizo pasar, lo raro fue que no nos preguntó que había pasado sino que directamente nos sentamos y nos pidió que le contáramos, con lujo de detalles que es lo que estaba pasando. Empezamos por contarle lo de los llantos de los bebes, que hasta ayer creíamos que eran los hijos de una vecina y me dijo:- Decíme, ¿te acordás a que hora empezaban y a que hora terminaban?- Le dije que empezaban siempre a las doce de la noche, todos los días desde que llegamos casi y que terminaban cuando Mariana se despertaba o cuando llegaba la mañana. Le contamos también lo que había pasado con la anciana y los sueños de Mariana. Luego le dimos el anillo que tenía yo todavía en mi poder, cuando lo tomó inclinó de golpe la cabeza hacia atrás y lo dejó caer, bajó la cabeza y nos dijo que nos vayamos lo mas pronto posible de allí, que en esa casa había alguien que no nos quería y que estábamos a salvo durante el día, ya que los espíritus malignos, como los llamó, sólo tenían poder de doce a seis de la mañana. Simplemente eso, casi nos matamos por llegar acá y lo único que nos dijo fue eso, y un collar que nos dio que dijo que era para espantar a esta mujer. Nos dijo que había que ponerlo en la cuna de Camila, ya que era obvio que ella tenía mucho que ver en lo que esta mujer quería. Le pidió por favor a Mariana que le preguntara, a la mujer en su próximo sueño que era lo que quería, porque estaba allí y que pretendía con todo eso. Luego cuando nos íbamos, Mariana se adelantó, entonces me tomó del brazo y me dijo:- Cavá, porque en tu casa hay una tumba, no en tierra, pero hay una tumba, buscála y vas a tener algo mas en claro, sólo se eso, espero que la encuentres.- Nos fuimos entonces, nos fuimos para casa sin ningún problema durante el viaje. Cuando llegamos había un montón de personas en la puerta de la casa de la anciana, Evangelina, pregunté que pasó y nos habían dicho que la mujer había enfermado, y que como no quiso irse de allí, hubo que instalar toda una verdadera habitación de hospital en su cuarto. Me aflijí por la pobre, ya que no tenía ningún familiar y los vecinos juntaron entre todos para pagar los gastos a los que sin mas que decir, me adherí. Nos fuimos entonces para casa a descansar después de la agotadora jornada que habíamos tenido. Colgamos el collar de inmediato en la cuna de Camila y nos recostamos. Me desperté como a las cuatro de la tarde, Mariana no estaba y Camila dormía todavía.

Bajé y la encontré en el comedor, llorando desconsoladamente. -¿Que paso?- le dije, -¿Cuándo va a terminar todo esto?, tengo mucho miedo de no saber que pasa.-

-Yo también, pero confío en que todo va a salir bien, tu padre nos esta cuidando.- le dije.

Mariana después, se fue a la casa de la madre y le dije que se quedara a dormir allí, que sería mejor. No fue mejor la oportunidad para empezar a cavar y ver que era lo que encontraba. Ya que me había dicho que en la tierra no estaba, descarté la pala y tomé un pico pero no sabía por donde empezar así que, me senté primero a tomar algo miraba cada rincón de la casa a ver cual de todos podía ser una tumba y, sinceramente todos los rincones de la casa lo parecían. Cuando estaba a punto de empezar a cavar a la marchanta, comenzaron los llantos, me di vuelta y quise tratar de fijarme a ver de donde venían, ya que lo mas probable era que la tumba estuviese allí. Empecé a caminar por el comedor y al salir al patio de atrás los llanto eran mas tenues, por lo que volví de inmediato para adentro, caminé hacia la puerta y parecía que se los escuchaba mas, salí, di la vuelta al jardín y del lado de afuera de la casa pude localizar que se escuchaban por la parte media de la casa. Cuando entré para clavar el pico donde se escuchaban mas claramente, vi la mujer otra vez, parada en la puerta que daba al patio trasero señalándome con el dedo, como si estuviese haciendo algo que no le gustaba y de echo, me juego que así era. Le pregunté quien era, que quería y que pretendía, la mujer seguía allí, bajo el brazo y dejó de señalarme y se desvaneció. Al instante dejaron de llorar los bebes, no me pude guiar mas pero, tenía mas o menos idea de donde estaba seguro provenían. Así que con pico en mano empecé a romper la pared, cavé y estuve casi dos horas haciendo un agujero en el que cabían fácil, cinco tipos parados. Nada había hasta que miré con atención a uno de los extremos del agujero, y vi la punta de lo que parecía ser una manta, rompí con fuerza esa parte y, cuando abrí la manta en efecto, había dentro lo que parecían ser cinco juegos de esqueletos de niños de no mas de tres meses con lo que parecían ser cráneos fragmentados. La experiencia fue mas que morbosa pero ahora ya sabía, de donde venían los llantos pero, ¿como llegaron allí esos huesos?, ¿que ser humano con mente perturbada podía haber llevado a cabo este acto tan macabro?. El tema era ahora, esconder los huesos y explicarle a Mariana tal agujero en la pared que aparentemente no tenía motivo alguno. La mantuve lo mas posible en la casa de su madre, hasta que, finalmente por la tarde mi esposa volvió a casa.

Lucía mas animada, la noche lejos de acá parecía haberle hecho bien, hasta se mostraba optimista. Cuando vio semejante buraco en la pared obviamente me preguntó que había pasado y le tuve que decir que pensaba instalar una ventana allí. Realmente una excusa mas que ridícula, pero el hecho de que la pared en ese estado no tuviera otra explicación lógica, le hizo creer de inmediato lo que le había dicho. Llegó, nuevamente la noche, la última que pasaríamos en esa casa. Camila se durmió casi de inmediato, luego siguió Mariana y, como era costumbre últimamente yo me quedé despierto. Alrededor de las once y media de la noche escuché el timbre. No me imaginé quien podría ser, ¿solamente Alejandra que haya vuelto antes de tiempo y quisiera las llaves de su casa? El hecho es que bajé intrigado ya, pues en otro momento no me hubiese preocupado el tema, pregunté quien era y dijeron:-Soy Claudio, el vecino, disculpe que lo moleste a esta hora pero Doña Evangelina ha estado insistiendo desde hace ya rato que quiere hablar con usted, no se, supongo que quizás usted sepa de que se trata.- En ese momento las piernas se me aflojaron casi al punto de caerme ¿Ahora que? Si me llamaba esa mujer seguro algo raro era, algo que tenía que ver con el padre de Mariana o peor, con la mujer de negro. Me puse lo primero que tenía a mano, y salí.

Llegué y en la casa sólo estaban Claudio y la enfermera que estaba cuidando de la pobre viejecita. Era un cuarto con muebles muy antiguos no muy acogedor que digamos, había bastante humedad en las paredes y olía a viejo, que me perdone la pobre anciana pero así era. La mujer, aunque estaba mas débil que de costumbre, parecía haber recobrado la cordura de golpe y me invitó a sentarme. Me preguntó por mi esposa y le dije que estaba bien ahora pero había estado algo perturbada, no se porque, pero hablaba con la anciana como si ella ya supiese todo, y que de hecho luego me ente, no se porque, pero hablaba con la anciana como si ella ya supiese todo, y que de hecho lo sabía. Yo igualmente le conté no se porque de los sueños que Mariana había tenido y ella me dijo que, en 1946 había vivido en la casa donde nosotros vivíamos, una mujer que se llamaba Antonia Servello que estaba casada y que trabajaba en la funeraria del marido y siempre estaba vestida de negro, era muy morbosa. Me contó que el marido era un hombre muy bueno, pero bravo cuando se enojaba, y ella era muy odiosa, nadie en el barrio la quería: -“La enterradora” le decíamos.-, contaba. Una vez quedó embarazada de quintrillizos y siempre repudió y maldijo cuanta vez pudo por esos niños, ella odiaba a los niños y decía que no quería tener ni uno en la casa, tanto que intentó mil formas de perderlos pero, no pudo. Una noche estaba en casa, por supuesto ya había dejado de trabajar con el marido y los niños lloraban, lloraban y lloraban desconsoladamente, ella trató de dormirlos por varias horas y los chicos no dejaban de llorar, entonces harta de escucharlos, bajó a la cocina, tomó un martillo que tenía su esposo en la caja de herramientas, subió y les aplastó el cráneo, uno por uno. Cuando el marido llegó vio tal acto de salvajismo de su esposa y se volvió loco, tanto que hizo ver que se había calmado y, cuando ella estaba juntando los escombros que habían quedado de sus hijos, vino por detrás con un cuchillo y le cortó la garganta, de oreja a oreja. Luego, como buen funerario que era, envolvió a los niños en una manta e hizo una tumba en la pared, decía que el suelo de su casa estaba maldito, siempre lo decía, y los puso allí. Después levantó el cadáver de la mujer y lo enterró junto al ombú que estaba en el patio trasero y cuando terminó el trabajo, se suicidó. Me dijo que la única manera de que dejara de aparecer era que la desenterrara, y le de sepultura cristiana en un cementerio.

No podía creer lo que esa mujer me había contado, no cabe ni en la mente del mas salvaje de los animales acabar con sus crías tal como esa mujer lo había hecho. Habrá estado unos treinta minutos fácilmente hablándome de aquella macabra mujer y cuando terminó de hacerlo se retorció de tal forma que creí que le había llegado la hora, entró la enfermera, la revisó y la mujer dijo –Ya esta mija ya esta, ya estoy bien, salga por favor que necesito hablar con este hombre.- Me miró entonces, me tomó de la mano y me dijo:- Se que la tía de su esposa le dio un amuleto para alejar a esta mujer de la cuna de su hija, pero créame que ella no se va a detener por un simple amuleto, hágame el favor, tráigalo.- Le dije que si lo traía mi hija estaría desprotegida y que no podía, bajo ningún punto de vista ponerla en peligro. A lo que me respondió: - Confíe en mi joven, el diablo sabe por diablo, pero mas sabe por viejo, yo voy a orar por su hijita.- La mujer me inspiró confianza, más después de tan demente historia así que accedí y fui a buscarlo. Llegué a casa y mi esposa dormía plácidamente, como si nada nunca hubiese pasado así que, sin hacer mucho ruido, caminé hacia la cuna de Camila y tome el amuleto. Cuando crucé la calle para ir a llevárselo a la anciana me encontré con una escena aterradora entrando al cuarto. Estaba la mujer en la cama, tal como la había encontrado hace una hora casi, sólo que estaba prácticamente consumida, con la piel verdosa y un olor espantoso, era solo piel arrugada pegada a ese frágil esqueleto, como si hubieses estado muerta por años y nadie la hubiese sacado de allí. Comencé a sudar sin parar, las manos me temblaban y las pulsaciones se me fueron a las nubes pero mas fue mi asombro cuando vi a la pared me puse pálido y sentí miedo como nunca en mi vida había imaginado que sería posible para un ser humano en la pared esta escrito con algo que aparentemente era sangre: -Descanse en paz, ahora ella duerme conmigo.- Me di media vuelta al arrancar para empezar a correr tropecé con un masetero que había junto a la puerta. Corrí sólo metros, pero que parecían kilómetros, tantas cosas me pasaron por la cabeza en esos segundos que tardé en llegar a casa. Abrí la puerta tan abruptamente que me caí hacia dentro de la casa, me levanté subiendo las escaleras de a cuantos escalones podía, entré al cuarto y no estaba mi esposa, ni tampoco Camila. Llamé de inmediato a la casa de mi suegra para preguntarle si estaba allá, pero ella no sabía nada. Bajé las escaleras me senté en el comedor y lloré, lloré a mas no poder estaba histérico pasé horas allí sentado hasta que, a las cuatro de la mañana decidí tomar la pala y sacar el cuerpo de la mujer junto al ombú. Me dirigí entonces al jardín trasero, clavé la pala al costado izquierdo del ombú y nada había. Lo mismo hice del otro lado, pero esta vez, a los casi dos metros de cavado me topé con algo duro, removí la tierra y era, en efecto un ataúd arruinado por el paso de tiempo, con hendiduras por todos lados y un olor desagradable por cierto. Quité entonces la tapa del cajón y cuando lo hice supe, que desde ese momento no tendría mas nada por lo cual vivir, estaba en el cajón el esqueleto de lo que parecía ser la antigua dueña de la casa y, en brazos el cuerpo estéril y frío de mi hijita Camila. Sin mas que gritar como un desconsolado abrazado al cuerpo de Camila sin saber porque me había pasado esto, cuando se me agotaron las lágrimas, hice las camas, me cambié, me puse la mejor ropa que tenía, me peiné, tomé las llaves, salí y cerré la puerta para nunca mas volver a la casa aquella.


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